Guido d'Arezzo

Durante la Edad Media, la Iglesia construye numerosos monasterios por toda Europa que acaban convirtiéndose en grandes centros culturales. En ellos, los monjes copian manuscritos y traducen textos al latín, se educa a los futuros sacerdotes y a los hijos de los nobles, y –llegamos al meollo de la cuestión-, se canta una música vocal para dirigirse a Dios: es el Canto Gregoriano. Su nombre viene de san Gregorio Magno, Papa a comienzos del siglo VII, que recopiló y ordenó todos los cantos que existían. Este canto  no estaba destinado a ser escuchado como mera música, sino que respondía a una función concreta: alabar a Dios.


Pero resulta que los monjes tardaban AÑOS en aprenderse todo el repertorio de memoria, así que empezaron a usar una especie de chuleta para que les ayudara a recordar cómo tenían que cantar la melodía: dibujan unos signos sobre el texto que mostraban la dirección que debía tener la línea melódica (ascendente, descendente, etc). Son los neumas.


En el siglo X comenzaron a usarse líneas para señalar un poco mejor la altura de los sonidos musicales. Al principio una línea roja señalaba el sonido Fa y una segunda línea de color amarillo representaba un DO. Un siglo después,  Guido D´Arezzo, un monje que también era el profe de música, añadió otras dos más y creó el tetragrama.

Y seguimos avanzando: al usar pluma de ave para escribir, en vez de una caña, los monjes pueden dibujar notas cuadradas y abandonan los neumas.


Por último, en el siglo XIII se introduce la duración en la escritura musical y las figuras tendrán diferentes formas según su duración.

A Guido D´Arezzo también le debemos el haber dado nombre a las seis primeras notas de la escala – ut, re, mi, fa, sol, la -, basándose en las primeras sílabas de los versos de un himno del siglo VIII, dedicado a San Juan Bautista. Fijaos en la sílaba en que comienza cada uno de los versos…



Con el tiempo, UT se cambió por Do y se añadió el Si uniendo la "S" y la "I" de las dos últimas palabras: Sáncte Ioánnes.

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